Pánico moral: un guion de 2.400 años
La escritura nos iba a dejar sin memoria. Las novelas, sin juicio. El telégrafo, sin nervios. ¿Es la inteligencia artificial otro pánico moral, o la primera vez que el miedo llega a tiempo?

Cada vez que inventamos algo, alguien anuncia el fin del mundo. El mundo nunca se acabó, pero tampoco volvió a ser el mismo.
Me di cuenta temprano de algo que suena a cliché, pero que para mí es cierto: la única manera de entender de verdad un problema de hoy es ir a mirar la historia. Me ha pasado con la economía y con la tecnología. Cuando veo cómo se veía un problema hace cien o doscientos años, entiendo mejor el de ahora.
Por eso uno de mis podcasts favoritos es Founders, donde David Senra cuenta la vida de los grandes fundadores. Lo escucho constantemente.
Este año, Senra entrevistó a Marc Andreessen, cocreador de los navegadores con los que mucha gente vio internet por primera vez y hoy uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley. Al principio de la conversación le dice algo que me quedó dando vueltas: que tiene «un conocimiento enciclopédico de la historia de Silicon Valley en la cabeza». Creo que por eso Andreessen ve lo que otros no ven. Quien conoce la historia reconoce los patrones cuando vuelven.
A la hora y diez, casi de pasada, describió uno:
Toda tecnología nueva es recibida con lo que llaman un pánico moral. […] Lo va a arruinar todo. Específicamente, va a arruinar la sociedad, va a arruinar la moral y, sobre todo, va a arruinar a los niños.1
La frase me pareció tan buena que fui a comprobarla. Hice lo de siempre: fui a mirar la historia.
Encontré a un fraile furioso con la imprenta. A un alemán convencido de que leer novelas daba gases. A un senador repitiendo en voz alta una estadística falsa sobre pornografía. Y encontré, sobre todo, un guion.
Este artículo cuenta ese guion en cinco momentos de la historia. No trae un veredicto. Trae con qué pensar la pregunta que de verdad me importa: si lo que sentimos hoy con la inteligencia artificial es otro capítulo de la misma historia, o si esta vez el miedo tiene razón.
Qué es un pánico moral
La expresión no es de Andreessen. Viene de la sociología: la hizo famosa Stanley Cohen en 1972, con un libro sobre un fin de semana de Pascua en Clacton, un balneario inglés.2
Lo que pasó en Clacton fue bien poco, en verdad. Era el domingo de Pascua más frío en ochenta años, y el pueblo estaba lleno de jóvenes aburridos de dos tribus: los mods, que se vestían a la moda y andaban en scooter, y los rockers, con chaqueta de cuero y moto. Hubo algunas peleas. Se rompieron ventanas, se destrozaron unas casetas de playa y un muchacho disparó al aire una pistola de partida. Daños totales: 513 libras.
Al día siguiente, el Daily Telegraph tituló: «Día de terror de las pandillas en scooter». El scooter salió en el titular, pero el miedo no era a una máquina. Era a los jóvenes.
Cohen pasó años estudiando cómo un domingo frío se convirtió en una amenaza nacional. Y describió el guion que suelen seguir estos episodios, en cinco pasos:
- La amenaza. Algo nuevo aparece y alguien lo declara un peligro para los valores de la sociedad.
- La exageración. La prensa lo cuenta en versión inflada y estereotipada.
- La cruzada. Editores, obispos, políticos y otras «personas de bien» salen a defender la moral.
- Los expertos. Llegan con su diagnóstico y su remedio.
- El olvido. Un día el asunto desaparece, o se hunde hasta la próxima vez.
Ese es el guion del título. Cohen lo describió para unas pandillas en una playa inglesa, pero calza sorprendentemente bien con los inventos nuevos. En los cinco momentos que siguen cambian la época, la máquina y los personajes. No todos los pasos aparecen siempre: el pánico contra la escritura se queda en el primero, y otros se saltan alguno. Pero se repiten lo suficiente para reconocerlos, y te los voy a ir marcando.
370 a. C. — La escritura te va a dejar sin memoria
Uno de los pánicos más antiguos que conocemos es contra la escritura. Lo conocemos, claro, porque alguien lo escribió.
En el Fedro, Platón pone a Sócrates a contar un mito. El dios egipcio Theuth le lleva al rey Thamus un invento, las letras, y se lo vende así: «hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría». El rey le contesta:
Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria. […] No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad.3
Cambia las letras por la inteligencia artificial y es un titular de esta semana.
Fíjate en la palabra que usan los dos: fármaco. En griego, phármakon quiere decir remedio, pero también veneno. Theuth ve un remedio; Thamus, un veneno. La misma palabra alcanza para los dos.
El que cuenta este mito, eso sí, es Sócrates. Y cuando termina, agrega una queja propia, más fina que la del rey. Los textos, dice, son como las pinturas: parecen vivos, pero si les preguntas algo, «responden con el más altivo de los silencios». El problema no es solo que olvidemos. Es que un libro no te contesta: dice siempre lo mismo.
Anota esa queja. Vamos a volver a ella al final.

¿Tenía razón Thamus? En parte. Dejamos de memorizar como antes. Lo que no vio fue todo lo que vendría a cambio, empezando por el diálogo donde él mismo aparece.
Del guion, acá hay un solo paso: la amenaza. No sabemos qué se decía en el ágora; casi todo lo que sabemos de este miedo lo escribió Platón. Pero claro, ya tenía la forma que iba a repetir durante veinticuatro siglos: lo nuevo nos va a volver más tontos.
1474 — La imprenta es una prostituta
Casi dos mil años después, el miedo cambió de forma. Ya no era olvidar. Era ahogarse.
Gutenberg había impreso su Biblia hacia 1455. Veinte años después, Venecia ya era una de las capitales de la imprenta, y los libros, que antes se copiaban a mano uno por uno, empezaron a salir por cientos.
No a todos les gustó. Los que más tenían que perder eran los copistas. En 1472, los de Génova le escribieron al gobierno de su ciudad. No pidieron prohibir la imprenta. Pidieron que solo ellos pudieran hacer los libros que más se vendían: los de rezo y los de la escuela.
Dieron varias razones, y tres suenan muy actuales. La primera: los impresores eran extranjeros, no iban a pagar impuestos y el dinero de Génova iba a terminar en manos alemanas. La segunda: leer un libro impreso era leer de forma pasiva, porque de verdad se aprendía copiando a mano. La tercera: con la imprenta, nadie iba a volver a saber escribir bien.4
En Venecia, un fraile fue mucho más lejos. Filippo de Strata, dominico, le dedicó al dux un poema furioso contra los impresores. Según él, vendían los libros casi regalados. Dejaban sin trabajo a los copistas como él. Hasta los burros se ponían a estudiar. Y lo peor: imprimían textos lascivos que corrompían a muchachos y muchachas. Después se lanzó a la cruzada: pidió que la ley desterrara la imprenta de la ciudad. Y lo resumió todo en un verso:
Est virgo hec penna: meretrix est stampificata.
La pluma es virgen; la imprenta, una prostituta.5 Un libro copiado a mano era de pocos. Uno impreso se iba con cualquiera que pagara.
El fraile perdió. Los libros siguieron saliendo, cada vez más rápido, y medio siglo después la inundación tenía nombre propio. Entre 1520 y 1526 se imprimieron en tierras alemanas más de seis millones de ejemplares de panfletos, y una de cada cinco ediciones llevaba la firma de un solo hombre: Martín Lutero.6
Con la inundación llegaron los expertos, y con ellos el miedo a ahogarse. En 1545, el médico suizo Conrad Gessner, que intentaba hacer una lista de todos los libros del mundo, diagnosticó «esa confusa y nociva multitud de libros». Su remedio fue recortarla y quedarse, en cada materia, con los mejores.7
Quinientos años antes del feed infinito al que hoy estamos tan acostumbrados, ya nos estábamos ahogando.

El miedo acertó, aunque no en lo que temía. La imprenta no corrompió a los muchachos ni a las muchachas. Ayudó a partir en dos la cristiandad.
1797 — Las novelas son veneno
Con tanto libro dando vueltas, el miedo volvió a cambiar. Ya no era la cantidad. Era un tipo de libro: la novela.
Cervantes se había reído de ese miedo en 1605. A don Quijote, «del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio». Era una broma. Casi dos siglos después, Europa se la tomó en serio.8
A fines del siglo XVIII, las novelas eran el gran entretenimiento de la época, y leerlas empezó a parecer una enfermedad. Los expertos le pusieron nombre: Lesesucht, la adicción a la lectura. Un teólogo la declaró tan contagiosa como la fiebre amarilla. Y un tal Karl Bauer describió en 1791 sus síntomas físicos: la postura y la falta de movimiento al leer, sumadas a las emociones violentas, producían flojera, flemas, flatulencias y estreñimiento.9
Leer, en serio, daba gases.
La exageración se ensañó con las lectoras. En 1797, una revista de Londres publicó un artículo titulado «La lectura de novelas, una causa de la depravación femenina». Sin ese «veneno inyectado, por así decirlo, en la sangre», decía, las mujeres nunca habrían sido tan esclavas del vicio.10 Veinte años después, a Thomas Jefferson le preguntaron cómo educar a las niñas, y respondió con la misma palabra: la pasión por las novelas era un «veneno» que dejaba «una imaginación hinchada» y «un juicio enfermizo».11

El caso más extremo fue el de una sola novela. En 1774, un Goethe de veinticinco años publicó Las penas del joven Werther, la historia de un muchacho que se mata por amor. Fue un éxito enorme, de los que hoy llamaríamos virales. Y enseguida empezó la cruzada: en enero de 1775, Leipzig prohibió venderlo. La facultad de teología lo había declarado «una apología y una recomendación del suicidio», más peligrosa todavía por estar escrita «de manera ingeniosa y seductora».12
No hay registro confiable de un solo suicidio causado por Werther. Lo que las novelas sí hicieron fue otra cosa. La historiadora Lynn Hunt sostiene que, al meterte durante cientos de páginas en la cabeza de alguien de otra clase y de otro sexo, te enseñaron a sentir lo que siente otro. Y que esa empatía nueva ayudó a inventar los derechos humanos.13
El veneno, otra vez, era también remedio.
Y llegó el olvido. Hoy nadie habla de la Lesesucht, y los colegios obligan a leer novelas.
1881 — El telégrafo te va a destrozar los nervios
Hasta acá, lo escrito viajaba a la velocidad de un caballo o de un barco. En 1844, Samuel Morse mandó por un cable, de Washington a Baltimore, un versículo de la Biblia: «¡Lo que ha hecho Dios!». El nombre del invento lo dice todo: telégrafo, en griego, quiere decir escribir lejos.14
Y con él cambió el miedo. Ya no era lo que leíamos. Era lo rápido que llegaba.
Henry David Thoreau, el escritor estadounidense que se fue dos años a una cabaña en el bosque para vivir solo con lo esencial, desconfiaba de tanta prisa. Teníamos mucha prisa, escribió en 1854, por unir Maine y Texas con un telégrafo, «pero puede que Maine y Texas no tengan nada importante que decirse». Como si lo importante fuera «hablar rápido y no hablar con sensatez». Y si algún día el cable cruzaba el Atlántico, la primera noticia iba a ser, quizás, que «la princesa Adelaida tiene tos convulsiva».15
Cuatro años después, lo cruzó. En agosto de 1858, Europa y América se mandaron sus primeros mensajes.16
La exageración llegó a los tres días. El corresponsal del New York Times en Washington escribió que el telégrafo, a través de los diarios, le había hecho «un daño enorme» a la mente y a la moral del pueblo. Las noticias por telégrafo eran, por fuerza, «superficiales, repentinas, sin filtrar, demasiado rápidas para la verdad». Y no les veía la utilidad: «Diez días nos traen el correo de Europa. ¿Qué necesidad hay de retazos de noticias en diez minutos?».17

Los expertos llegaron con un diagnóstico. En 1881, el neurólogo George Beard publicó American Nervousness, un libro sobre la epidemia de agotamiento nervioso que él mismo había popularizado con el nombre de neurastenia. Entre los culpables puso al telégrafo: «una causa de nerviosismo cuya potencia se entiende poco». Antes de Morse, los comerciantes vivían mucho menos preocupados. Ahora, cualquier rebaja en la ciudad más chica del Oeste se sabía en menos de una hora en todo el país.18
Y llegó el olvido. En 1980, los psiquiatras estadounidenses sacaron la neurastenia de su manual. Hoy vemos cambiar los precios del mundo entero en el teléfono, segundo a segundo, y a nadie se le ocurre llamarlo neurastenia.19
1995 — Internet es pornografía (y además es puro humo)
Con internet, el miedo cambió de nuevo. Ya no era lo rápido que llegaba lo escrito. Era que podía llegar cualquier cosa, de cualquiera, directo a la casa.
Andreessen lo vivió desde adentro: en esos años estaba construyendo uno de los primeros navegadores. A mediados de los noventa, recuerda, internet daba miedo. Nadie iba a poner su tarjeta de crédito, y usar tu nombre real era robo de identidad garantizado. Pero el miedo más grande era otro: lo que podían encontrar los niños.
La exageración llegó en portada. El 3 de julio de 1995, TIME puso a un niño con cara de espanto frente a una pantalla y, en letras enormes, CYBERPORN. Abajo, una pregunta: «¿Podemos proteger a nuestros hijos, y la libertad de expresión?».

Adentro, la revista citaba un estudio de un estudiante de la Universidad Carnegie Mellon: el 83,5% de las imágenes de Usenet, los foros de internet de la época, eran pornográficas. Y la cruzada se llenó de políticos. El senador Chuck Grassley llevó la cifra al pleno del Senado. «Quiero repetirlo», dijo. Y la repitió.
El número era falso, y esta vez los expertos jugaron en contra del pánico. Dos investigadores de la Universidad Vanderbilt mostraron que casi todo ese material no estaba en internet: venía de servicios privados para adultos, de pago, a los que se entraba por teléfono. En Usenet había apenas 2.830 imágenes pornográficas. Tres semanas después, el periodista que firmó el reportaje lo admitió en un foro con tres palabras: «I screwed up». Metí la pata.20
Pero el pánico ya iba camino a ser ley. En febrero de 1996, Bill Clinton firmó la Ley de Decencia en las Comunicaciones, que castigaba con cárcel enviar material «indecente» a menores por internet. La preocupación era legítima: nadie quiere que un niño se tope con pornografía. Pero la ley salió tan amplia que también censuraba a los adultos, y al año siguiente la Corte Suprema anuló esa parte. Proteger a los niños era un propósito legítimo, dijo, pero no a costa de la libertad de expresión de todos. La discusión sigue abierta: en 2025, la misma Corte aceptó que Texas exigiera verificar la edad para entrar a sitios pornográficos.
Y acá viene la ironía. De esa misma ley sobrevivió una sección, la 230, que dice que las plataformas no son responsables de lo que publican sus usuarios. Sobre esa frase se construyeron las redes sociales. Una ley pensada para controlar lo que llegaba a la casa terminó protegiendo a quienes lo hacen llegar.21
Además, el pánico venía en dos versiones opuestas. Para unos, internet era peligrosísima. Para otros, era una moda que iba a pasar. En febrero de 1995, el astrónomo Clifford Stoll escribió en Newsweek que internet era puro humo: «Puras patrañas. […] La verdad es que ninguna base de datos en línea va a reemplazar tu diario».22
Es decir, internet iba a acabar con la infancia y, al mismo tiempo, no iba a cambiar nada. Las dos cosas no podían ser ciertas. Con la inteligencia artificial, como vamos a ver, pasa exactamente lo mismo.
Y llegó el olvido. La tarjeta de crédito que en 1995 nadie se atrevía a poner en internet hoy la ponemos en cualquier página, junto con nuestro nombre real. Y nadie diría que internet es pornografía. Ni que es puro humo.
Por qué se repite el guion
Escritura, imprenta, novelas, telégrafo, internet. Cambian la época, la máquina y los personajes, pero el guion se repite, con más o menos pasos: alguien da la alarma, la prensa la infla, los cruzados salen a defender la moral, los expertos llegan con su diagnóstico y, un día, nos olvidamos.
La pregunta obvia es por qué. Si cada generación ya vio a la anterior exagerar, ¿por qué vuelve a caer en lo mismo?
Andreessen tiene una respuesta cínica, y apunta al segundo paso: la exageración vende. «Lo que sea que esté pasando es horrible y espantoso, y va a matarlo todo. No olvide comprar nuestro diario mañana.» La portada de TIME con el niño espantado es exactamente eso.
Y tiene a su favor otro caso, más famoso todavía. La noche del 30 de octubre de 1938, un Orson Welles de veintitrés años transmitió por radio La guerra de los mundos, la novela de H. G. Wells sobre una invasión marciana, contada como si fueran noticias de última hora. Al día siguiente, el New York Times tituló en portada: «Oyentes de radio en pánico toman un drama bélico como un hecho real». Una encuesta de esa misma noche, en cinco mil hogares, había encontrado que apenas el 2% estaba escuchando el programa. Años después, dos historiadores de los medios concluyeron que los diarios inflaron el pánico para desacreditar a la radio, su nueva competencia.23
Yo creo que hay algo más simple, y no excluye lo anterior: no sabemos qué hacer con lo nuevo. Douglas Adams, el autor de La guía del autoestopista galáctico, lo dijo mejor que nadie. Todo lo que ya existía cuando naciste es normal. Lo que se inventa antes de que cumplas treinta es emocionante y, con suerte, te da una carrera. Y lo que se inventa después de los treinta va contra el orden natural de las cosas, «hasta que lleva unos diez años dando vueltas y de a poco resulta que estaba bien».24
La diferencia importa. Si el pánico nace del desconcierto, se cura con tiempo. Si nace del negocio, vuelve con cada máquina.
2026 — La inteligencia artificial lo va a arruinar todo
Pon los cinco momentos en fila y mira la inteligencia artificial. No trae ningún miedo nuevo. Los trae todos juntos. Que nos vuelva más tontos, como temía Thamus. Que nos ahogue en noticias más rápidas que la verdad, como temían Gessner y el corresponsal de 1858. Que sea a la vez el fin del mundo y puro humo, como internet. Que les haga daño a los jóvenes, como las novelas. Y que nos deje sin trabajo, como la imprenta a los copistas.
El de Thamus es el que más me importa, y lo dejo para el final. Los demás ya están recorriendo el guion, paso a paso.
La amenaza llegó casi junto con ChatGPT. En marzo de 2023, una carta abierta firmada por miles de personas, entre ellas Elon Musk, pidió pausar seis meses los grandes experimentos con IA. Empezaba con una pregunta que podría haber escrito Gessner: «¿Debemos dejar que las máquinas inunden nuestros canales de información con propaganda y falsedades?». La pausa nunca ocurrió.25
La exageración vino, como con internet, en dos versiones opuestas. Para unos, la IA nos va a extinguir. En 2023, cientos de investigadores firmaron una sola frase según la cual mitigar «el riesgo de extinción por la IA» debía ser una prioridad global, junto a las pandemias y la guerra nuclear. En octubre de 2025, otra carta fue más lejos y pidió prohibir la superinteligencia hasta que haya «un amplio consenso científico» de que será segura. La firmaron decenas de miles de personas, desde premios Nobel hasta el príncipe Harry y Steve Bannon.26
Para otros, la IA es puro humo: un «loro estocástico» que repite palabras sin entenderlas, y una burbuja. En 2025, un informe del MIT sostuvo que el 95% de las empresas no le estaba sacando ningún retorno, y en julio de este año las acciones del sector cayeron con fuerza.27
El fin de la especie y un globo inflado, las dos cosas a la vez. Igual que internet.
Con los jóvenes, el guion se complica. Con Werther no hubo un solo suicidio comprobado. Con los chatbots hay casos con nombre y apellido. En 2024, Sewell Setzer, un chico de catorce años de Florida, se quitó la vida después de meses conversando con un personaje de Character.AI, una aplicación para chatear con personajes creados con IA. Su madre, Megan Garcia, demandó a la empresa. En 2025, ante el Senado de Estados Unidos, otro padre, Matthew Raine, contó lo que le había pasado a su hijo de dieciséis: «Lo que empezó como una ayuda para las tareas se fue convirtiendo en un confidente, y después en un coach del suicidio».
Lo que hicieron esos padres no es un pánico moral. Es lo que haría cualquier padre. Y deja planteada una pregunta que ninguna generación anterior tuvo que hacerse:
A los moralistas del siglo XVIII les asustaba lo que los jóvenes leían. A nosotros nos asusta lo que les contestan.
Después vino la cruzada, y esta vez con casos reales detrás. California obliga ahora a los chatbots de compañía, los que hacen de amigo o de pareja, a recordarles a los menores, cada tres horas, que hablan con una máquina. En Washington, un comité del Senado votó 22 a 0 prohibírselos a los menores. Y la Comisión Europea propuso que vengan apagados por defecto para los niños.28
Los expertos trajeron el diagnóstico de los copistas: que nos deje sin trabajo. Y esta vez el que da la alarma no es un fraile ni un teólogo. Es uno de los que fabrican la máquina. En mayo de 2025, Dario Amodei, el CEO de Anthropic, una de las empresas que construyen los modelos de IA más avanzados, advirtió que la IA podía borrar la mitad de los empleos de oficina de nivel inicial y llevar el desempleo a entre 10 y 20% en uno a cinco años. Y pidió a las empresas y a los gobiernos que dejaran de «endulzar» lo que viene.29
La pelea, por ahora, se parece a la de Génova: se negocia. En 2023, los guionistas de Hollywood estuvieron 148 días en huelga. Tampoco pidieron prohibir la IA. Pidieron que no pudiera escribir ni reescribir sus guiones, y lo consiguieron.30
Pero la historia de la imprenta muestra que esa pelea puede escalar. Los copistas de Génova no pasaron de una carta. Más de tres siglos después, cuando llegaron las prensas mecánicas, que hacían el trabajo de varios obreros, en París la cosa terminó a martillazos. En julio de 1830, en plena revolución, unos treinta obreros entraron a la Imprenta Real, fueron a la sala de las prensas mecánicas y las dejaron inservibles con martillos, barras de hierro y culatas de fusil. No tocaron nada más.
Con la IA estamos, por ahora, más cerca de Génova que de París. Ya hay gente en la calle, pero poca: una de las marchas más grandes, en Londres, en febrero, juntó a un par de cientos de personas.31
Ya están los cuatro primeros pasos del guion. Falta el quinto, el olvido. Y nadie sabe todavía si va a llegar.
Lo que esta vez es distinto
Hay algo, sin embargo, que no encontré en ningún pánico anterior, y que ya asomó con Amodei.
En el guion de Cohen, la cruzada la encabezan editores, obispos y políticos. Nunca los inventores. Ningún impresor veneciano le pidió al dux que lo frenara. Ninguna compañía de telégrafos advirtió sobre los nervios.
Con la IA, la alarma la dan los que la construyen. La frase sobre la extinción la firmaron los CEO de OpenAI, Google DeepMind y Anthropic. La firmaron también Geoffrey Hinton y Yoshua Bengio, dos de los científicos que hicieron posible esta tecnología. Hinton incluso dejó Google para poder hablar de los riesgos con libertad, y en 2024, al recibir el Nobel de Física, advirtió: «No tenemos idea de si podremos mantener el control».32
Y lo siguen diciendo. Sam Altman, el CEO de OpenAI, dijo en 2023 que el peor escenario era «que se apaguen las luces para todos». Amodei, además de advertir sobre los empleos, publicó en enero de este año un ensayo largo sobre los riesgos de su propia tecnología: «La humanidad está a punto de recibir un poder casi inimaginable, y no está nada claro que nuestros sistemas sociales, políticos y tecnológicos tengan la madurez para manejarlo».33

Andreessen tiene una explicación, que toma de un economista: bautistas y contrabandistas. Cuando se prohibía vender alcohol, los bautistas apoyaban la prohibición por convicción, y los contrabandistas también, porque les eliminaba la competencia legal. En la IA, dice Andreessen, pasa lo mismo: algunos de los que piden reglas lo hacen por convicción, y otros porque esas reglas «los aíslan de sus competidores».34
Puede ser. Pero el antecedente más parecido a unos científicos asustados de su propia invención no es un pánico moral. Es la bomba. En 1945, físicos que habían trabajado en el Proyecto Manhattan fundaron el Bulletin of the Atomic Scientists, y en 1947 pusieron en su portada un reloj a siete minutos de la medianoche. Esa vez, el miedo no era exagerado.
Así que la pregunta útil no es si la IA da miedo. Es a qué se parece más: al telégrafo o a la bomba.
Antes de seguir, una confesión. Si aplico la idea de Andreessen a mí mismo, yo también tengo algo de contrabandista: construyo productos con inteligencia artificial todos los días, y me conviene que la respuesta sea el telégrafo y no la bomba. Tenlo en cuenta al leer lo que viene. Yo trato de tenerlo en cuenta al escribirlo.
Lo que el guion sí te dice
Puesto en fila, el guion enseña dos cosas.
La primera es que el miedo exagera. Durante veinticuatro siglos, cada invento trajo su anuncio del fin del mundo. Y el fin del mundo nunca llegó.
La segunda es menos obvia: el mundo tampoco quedó igual. Cada invento terminó en un lugar que nadie había previsto, ni los que lo temían ni los que lo defendían. Platón escribió contra la escritura, y hoy lo leemos gracias a ella. Los que diagnosticaron la Lesesucht no imaginaron que un día los colegios iban a obligar a leer novelas. Beard no imaginó que íbamos a llevar el telégrafo en el bolsillo y a mirarlo todo el día. Y los que en 1995 querían proteger a los niños de internet terminaron aprobando, sin saberlo, la ley sobre la que se construyeron las redes sociales.
El fin del mundo no llegó. Llegó otro mundo.
Lo que el guion no te dice
Sería cómodo terminar acá: todos los pánicos se equivocaron, este también. Pero sería hacer trampa, por dos razones.
La primera es que cada pánico se equivocó sobre el fin del mundo, pero acertó en otra cosa. Dejamos de memorizar. La cristiandad se partió en dos. Las novelas nos cambiaron la manera de sentir. El telégrafo nos aceleró la vida. Internet trajo pornografía y fraude, y también todo lo demás. El error nunca fue ver el cambio. Fue confundirlo con el apocalipsis.
La segunda es que lo que cada pánico acertó casi nunca se supo a tiempo. La psicóloga Amy Orben lo llama el ciclo de Sísifo, por el personaje del mito griego condenado a subir una piedra que siempre vuelve a caer: aparece una tecnología, cunde la alarma, los políticos piden evidencia, la ciencia tarda años en producirla y, cuando por fin llega, ya estamos asustados de otra cosa. Con las redes sociales todavía discutimos qué les hicieron a los adolescentes, y la atención ya se mudó a los chatbots.35
Por eso el guion no te dice si esta vez va a terminar igual. Yo tampoco lo sé, y desconfío de quien diga que lo sabe, la tema o la construya. La historia no da esa respuesta. Da algo más modesto y más útil: una razón para desconfiar de las dos certezas, la del apocalipsis y la del puro humo.
¿La IA nos está volviendo más tontos?
De todos estos miedos, hay uno que sí me preocupa de verdad: el de Thamus. No porque los otros no importen, sino porque es el único en que la IA no repite a las máquinas anteriores. Las otras guardaban, multiplicaban o transmitían lo que pensábamos. Esta lo puede pensar por nosotros.
Cada vez más gente dice que la inteligencia artificial nos está bajando la capacidad de pensar, y no son solo los moralistas de turno. Lo creen los propios estudiantes. En diciembre de 2025, siete de cada diez universitarios de Estados Unidos pensaban que la IA les estaba dañando el pensamiento crítico. Entre los escolares de 11 a 14 años, la cifra había subido de 48% a 68% en diez meses.36
También hay datos. En 2025, el MIT Media Lab pidió a un grupo de personas escribir ensayos con ChatGPT, con un buscador o solo con su cabeza. Al terminar, 15 de los 18 que usaron ChatGPT no pudieron citar bien ni una frase de lo que acababan de escribir. En los otros grupos fallaron 2 de 18.37
Thamus no hablaba de cerebros dañados. Hablaba de algo más sutil: la «apariencia de sabiduría». Un ensayo que no puedes citar es exactamente eso.
No es el único estudio. Uno de Microsoft y Carnegie Mellon con 319 trabajadores encontró que cuanto más confían en la IA, menos pensamiento crítico ponen en lo que hacen. Otro, de una escuela de negocios suiza, con 666 personas, encontró que los que más delegan en la IA puntúan más bajo en pensamiento crítico, y que los más jóvenes son los que más delegan.38
Ahora, ojo. Son estudios chicos, casi todos miden correlaciones y el del MIT no había pasado por revisión de pares. Y esta película ya la vimos. En 2008, The Atlantic se preguntaba si Google nos estaba volviendo estúpidos. En 2011, un estudio en Science bautizó el «efecto Google»: recordamos menos lo que sabemos que podemos buscar. En 2018, uno de sus experimentos no se pudo replicar. Hoy nadie piensa que Google sea un problema para la memoria. Ese es el olvido.39
Pero hay un caso que me hace dudar de que esta vez sea solo pánico. En 2020, dos neurocientíficas de la Universidad McGill midieron la memoria espacial de un grupo de conductores y volvieron a medirla tres años después. Los que más habían usado GPS en ese tiempo la habían perdido más, y no porque se orientaran mal desde antes. El grupo era chico, pero la lección es clara: lo que delegas, lo dejas de practicar, y lo que dejas de practicar se atrofia. No el cerebro entero. La habilidad que soltaste.40
Paul Graham, el ensayista que fundó Y Combinator, una de las aceleradoras de startups más influyentes del mundo, lo dijo de la forma más dura que he leído. En 2024 escribió que en un par de décadas no va a haber mucha gente que sepa escribir, y que eso es más grave de lo que suena, porque «escribir es pensar». Un mundo dividido entre los que escriben y los que no, dice, «será un mundo de los que piensan y los que no».41
Los copistas de Génova advirtieron algo parecido en 1472. Pero la imprenta copiaba lo que alguien ya había escrito. La IA escribe por ti.
Si este pánico va a acertar en algo, como acertaron todos, sospecho que es acá. No en el fin de la especie. En lo que dejemos de hacer con la cabeza porque una máquina lo hace por nosotros. Es una sospecha, no una certeza.
La escritura que contesta
Vuelvo a Sócrates. Él desconfiaba de la escritura porque no contestaba: si le preguntabas algo, guardaba silencio. Veinticuatro siglos después, construimos una escritura que contesta.
Tal vez eso es lo que de verdad nos inquieta: que por primera vez los textos nos hablan de vuelta.
Theuth y Thamus, al final, tenían razón los dos. La escritura fue remedio y fue veneno. La imprenta, las novelas, el telégrafo e internet también. La inteligencia artificial va a ser las dos cosas. Lo que todavía no sabemos es la dosis.
Así que la pregunta sigue en pie. ¿Qué es lo que estamos viviendo con la inteligencia artificial? ¿Otro pánico moral, con el mismo guion que se repite desde Platón? ¿O la primera vez que el miedo llega a tiempo?
Notas
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David Senra, entrevista a Marc Andreessen, «The World Is More Malleable Than You Think», 15 de marzo de 2026: lo del conocimiento enciclopédico, hacia el minuto 11; el pánico moral, hacia 1:11:15. Transcripción oficial. Andreessen escribió la versión larga del argumento en «Why AI Will Save the World» (a16z, 2023).
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Stanley Cohen, Folk Devils and Moral Panics (1972): la definición abre la introducción y los datos de Clacton están en el capítulo 2.
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Platón, Fedro, 274e, 275a y 275d, en la traducción de Emilio Lledó (Diálogos III, Gredos, 1986). La palabra griega es phármakon (274e y 275a).
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Anna Giulia Cavagna, «Tipografia ed editoria d’antico regime a Genova», en Dino Puncuh (ed.), Storia della cultura ligure, Atti della Società Ligure di Storia Patria, n. s., XLV (2005), pp. 363-365. Los argumentos de la súplica de 1472 siguen el resumen de Cavagna; las traducciones del italiano son mías.
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Martin Lowry, The World of Aldus Manutius (1979), p. 45; Elizabeth Eisenstein, Divine Art, Infernal Machine (2011), pp. 26-28. La traducción del verso es mía. Sobre De Strata como copista: Wolfgang Schmitz, «Oltre Benjamin. “La riproducibilità tecnica della scrittura” e la diffidenza verso la stampa tipografica nell’Europa del Quattrocento», TECA, 11, n. 4 (2021).
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Mark U. Edwards, Printing, Propaganda, and Martin Luther (1994), pp. 17 y 21. Elizabeth Eisenstein, The Printing Press as an Agent of Change (1979).
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Conrad Gessner, Bibliotheca universalis (Zúrich, 1545), prefacio; Ann Blair, «Reading Strategies for Coping with Information Overload», Journal of the History of Ideas (2003). Las traducciones del latín son mías.
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Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, primera parte (1605), capítulo 1.
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Johann Gottfried Hoche, Vertraute Briefe über die jetzige abentheuerliche Lesesucht (1794), p. 68. Karl G. Bauer, Über die Mittel, dem Geschlechtstriebe eine unschädliche Richtung zu geben (Leipzig, 1791), p. 190. Las traducciones del alemán son mías.
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«Novel Reading, a Cause of Female Depravity», The Monthly Mirror, noviembre de 1797.
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Thomas Jefferson a Nathaniel Burwell, 14 de marzo de 1818, en Founders Online, National Archives. Las traducciones son mías.
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Dictamen de la facultad de teología de Leipzig del 28 de enero de 1775, en Bernd Seiler, documentos sobre la recepción del Werther, Universidad de Bielefeld.
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Lynn Hunt, Inventing Human Rights: A History (2007), cap. 1, «Torrents of Emotion». En español, La invención de los derechos humanos (Tusquets).
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Library of Congress, Samuel F. B. Morse Papers: el mensaje del 24 de mayo de 1844 viene de Números 23:23 y se lo sugirió a Morse Annie Ellsworth, hija de un amigo. Cito el versículo en la versión Reina-Valera.
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Henry David Thoreau, Walden (Boston, Ticknor and Fields, 1854), «Economy», pp. 57-58.
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Bill Burns, «1858 Messages», atlantic-cable.com: los primeros mensajes son del 16 de agosto de 1858.
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Carta del corresponsal en Washington, The New York Times, 19 de agosto de 1858. Las traducciones son mías.
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George M. Beard, American Nervousness: Its Causes and Consequences (Nueva York, Putnam, 1881), p. 105. Beard popularizó la palabra en «Neurasthenia, or Nervous Exhaustion», Boston Medical and Surgical Journal, 29 de abril de 1869. Las traducciones son mías.
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Hinton lo explicó en X el 1 de mayo de 2023. Discurso en el banquete Nobel, 10 de diciembre de 2024.
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Sam Altman en StrictlyVC, San Francisco, 12 de enero de 2023. Dario Amodei, «The Adolescence of Technology», enero de 2026. Las traducciones son mías.
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Louisa Dahmani y Véronique Bohbot, «Habitual use of GPS negatively impacts spatial memory during self-guided navigation», Scientific Reports, 2020: 50 conductores, 13 de ellos medidos de nuevo tres años después.
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Paul Graham, «Writes and Write-Nots», octubre de 2024.
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